Itinerario Poético

José Porto García &

Himno al Roble

Prólogo del Marqués de Lozoya

José de Valbuxán, mi admirado pintor y poeta José de Valbuxán –“Yosso” para el Arte-, crea con este HIMNO AL ROBLE el poema épico por excelencia del pueblo celta, y uno de los más hermosos de cuantos jamás se hayan escrito.

Aunque después de haberlo leído, su bello título se nos aparece plenamente justificado y claro, el HIMNO AL ROBLE no es otra cosa que un himno a la sangre, un canto a Galicia, un monumento a su pueblo, a su gente, a su raza.

El esfuerzo inteligente y tenso del poeta nos evoca magistralmente el pasado. Va hilvanando armoniosamente sensaciones y descripciones de un infinito poder de sugestión, acumulando imágenes en galope incesante. Sus alusiones descubren vastos conocimientos. Así es cómo con voz grande y profunda despierta la historia dormida de un pueblo que estaba esperando este soplo épico, y así es cómo con una ambición arrolladora resucita uno de los más altos géneros literarios.

Cada línea suena magníficamente. Por su sonoridad recuerda la poesía de Rubén. Pero aquí es distinto. Versos desde tres hasta dieciocho sílabas se combinan desordenadamente –un desorden sabiamente ordenado-, conservando una sonoridad increíble, una profunda gracia musical, una espontánea, flexible y divina modulación, rebosante de majestad. Además, aquí todo es sencillo; poesía pura, directa y espontánea, desnuda. Los versos fluyen, libres de la tiranía de las formas, con una agilidad desconocida, con un ritmo y una métrica nuevos, que crean y enriquecen.

Componen el HIMNO AL ROBLE cinco cantos, cinco sinfonías magistrales, formadas por varios grupos de versos en donde se van desarrollando pensamientos y acciones perfectamente hilvanadas. Después de desbordarse románticamente en el primero, traza en el segundo un verdadero cuadro de costumbres, vivo y palpitante, ancho y panteísta. Viene luego la tierra encantada, las brujas, la Santa Compaña, los lobos, …y con una fuerza arrebatadora llega, patético y heroico, el canto cuarto, donde mezclados con el fragor de la batalla y los bramidos de la tormenta se escuchan verdaderos gritos de rebelión. Todo, para llegar a la majestad y dignidad del final.

Además el ritmo, a veces pausado y pleno de armonía, a veces vertiginoso y desbordante, la misma onomatopeya de las palabras da la sensación de lo que se va diciendo.

Si en POEMAS DE LA INTIMIDAD es el poeta del amor, el poeta íntimo y confidencial; si en HORAS DE CENIZA es el poeta atormentado y triste; si en DULCES RECUERDOS o SÓLO SE ES JOVEN UNA VEZ es el poeta dulce y lírico, uno de los líricos más puros y profundos; y si en SAUDADE E MORRIÑA ou DOR DE LONXANÍA es el poeta del pueblo, o –como bien dice el escritor Celso Emilio Ferreiro en el prólogo- viene a ser el eco de la sensibilidad popular; en el HIMNO AL ROBLE es el poeta épico, el poeta rebelde y apasionado.

José de Valbuxán llega con este poema a la cumbre de su producción literaria, quizá su obra maestra, a la que ni él mismo, joven aún, podrá difícilmente superar. Pero se da el caso paradójico de que su obra –exceptuando un reducido círculo de amistades- no es conocida; y lógicamente no es conocida sencillamente por no haber sido publicada. Parte de la culpa es suya, o casi toda, por tardar tanto tiempo en decidirse, en comprender que su obra ya no le pertenecía, que era patrimonio universal y que debía darla a conocer aun a costa de dejar de par en par las puertas y ventanas de su mundo interior. Ahora claro está se encuentra con las dificultades inherente a toda primera publicación, máxime si es poética, previsiblemente nada rentable económicamente y destinada de antemano a un grupo tan reducido de lectores. Afortunados lectores que así se harán partícipes de un nuevo, rico, interesantísimo y sugestivo mundo interior.

Pero el tiempo pasará y quedarán estas huellas perennes hechas con el Amor y el Dolor de una pobre vida –la pobre vida de un gran pintor y de un gran poeta- que se sentía libre a pesar de las cadenas.

EL MARQUÉS DE LOZOYA

Madrid, 29-III-76

El «HIMNO AL ROBLE» de José de Valbuxán

Este extenso y ambicioso poema de insólita originalidad es no sólo un reencuentro con el hombre y el paisaje y la historia de Galicia y exaltación de los mismos sino y sobre todo una afirmación nacional y racial. De nuestro espíritu, de nuestra identidad.

Prestancia, lozanía, excepcional belleza, intensa fuerza creadora… Ritmo poético, cadencia perfecta, “swing”.

Es el soplo épico que Galicia necesitaba. Y desde luego el poema épico que mejor la representa. Quizá sea también el único. Un canto universal, definitivo. Que surge poderoso, diáfano, y torrencialmente imaginativo. Y sólo se le podría achacar el no estar hecho en gallego o sólo para gallegos –cosa que se remedia fácilmente con una puntual versión o cambio de soporte-, sino para todo el mundo, para todos: o quizá especialmente para los no gallegos: Para que así se enteren.

Pero en este maravilloso cuadro o poema no seré yo el que se interese por ese dorado soporte o marco de mayor audiencia, amplitud y universalidad que lo contiene, sino por el intenso y rico contenido, lleno de ímpetu y grandiosidad, y esas acertadas pinceladas, luminosas, limpias y expresivas que nos introducen de lleno a la mejor pintura épica.

Además quiérase o no, es clara su simbología política y patriótica; un simbolismo nacional que expresado en el roble se acentúa con claras alusiones al mítico y glorioso pasado, o claras amenazas –“que nadie la toque…”-, o claros llamamientos –“¡Adelante! ¡Adelante!…”- para que -“Ante el peligro…”- o llegado el caso, se esté siempre prestos a levantarse, a unirse, a emprender, nuevamente, la lucha, de liberación nacional o liberación total.

Clásico y moderno, fuerte y vitalista, emocionante, rebelde, apasionado, épico y romántico, y de una sonoridad increíble, onomatopéyica, un poema tan especial, “casi” perfecto, como el HIMNO AL ROBLE, no deja sin embargo de recordarme que José de Valbuxán, poeta, es también el pintor “Yosso”, del que hemos visto ya tres magníficas exposiciones aquí en Madrid: exposiciones donde su obra personalísima, “clásica y moderna” al mismo tiempo, se ofrecía a nuestros ojos como la más sensible y delicada de las pinturas, verdaderamente como una lección de refinamiento incomparable. Deslumbrante como sus cisnes. Y una de las más auténticas. He dicho.

Celso Emilio Ferreiro

Madrid 1976